Bueno en primer lugar me gustaría decirles que todo lo que se vaya a publicar en este blog son FanFics de crepúsculo, todos los personajes, espacios y demás cosas que aparezcan en cualquier libro de la saga son propiedad de Stephenie Meyer.
Los FanFics de crepúsculo no son de nuestra propiedad (Guadalupe Vulturi y Daniela Cullen) cada uno tiene su respectivo autor, y esta señalado en la descripción de cada FanFic. Tengan en cuenta que cualquiera de esos FanFics también se pueden encontrar en FanFiction.net u otro blog mientras tengan permiso de su autor.
Fuera de eso, no tengo nada más que decirles aparte de que disfruten su lectura.

Los Cullen

Tardamos una media hora en llegar a la casa de los Cullem, la cual se hallaba perdida en una basta inmensidad de árboles y ramitas. Supe que de no ser por la ayuda de Edward me habría perdido en seguida. No obstante, no podría decir que el camino se me hizo largo, nunca antes el tiempo había circulado tan maléficamente deprisa.
Una vez nos alejamos del pueblo y de cualquier mirada indiscreta, Edward abandono su prudente alejamiento hacia mi, acariciando mi pelo con sus labios de forma imposible mientras caminábamos, tomando mi mano constantemente, y sorprendiéndome por la cintura de vez en cuado.
Nuestras conversaciones fueron bastante variadas. En ocasiones, era yo quien hacia las preguntas, y él saciaba mi curiosidad de peor o mejor gana.
- ¿Cómo es que te acercas tanto a mi? – pregunte, de forma imprudente, pero sin poder contenerme.
- ¿Te molesta? – parecía desorientado. Yo me apresure a negar rápida y efusivamente con la cabeza.
- Claro que no. Es solo que... me sorprende, antes parecía que hacías un gran esfuerzo por no devorarme – no estuve segura de emplear ese termino pero no halle ninguno mejor – En cambio ahora... es como si ya no te costara estar cerca de mi.
- No imaginas lo duro que resulta estar cerca de ti – pronunció seriamente, y yo me arrepentí de haber preguntado. – Es solo que aun es más duro no estarlo... – pronunció esas palabras en un susurro, como si se reprochara a si mismo su debilidad. – Tu sangre... me llama constantemente, la necesidad de atender a su llamada es más fuerte que cualquier cosa que te puedas imaginar.
Yo escuchaba en silencio, pero no pude evitar que un fuerte dolor me atravesara el pecho como respuesta a esa conformación. Me dolía inmensamente saber que, aun amándolo tanto, no podía evitar su sufrimiento mientras estuviese cerca de mi. Por otra parte, el miedo a que se marchara, me aterraba.
- No te preocupes – trató de suavizarse, probablemente al notar el daño que me hacían sus verdades - De todos modos ahora es más fácil, ya estoy habituado a tu olor, y me es más sencillo resistirme.
- Además no estas hambriento – añadí, especulando y deseando hartar la conversación de aquel tema que me dañaba tanto.
- No... – rió – no estoy hambriento. – luego se detuvo y me miró fijamente - ¿Cómo lo sabes?
- Bueno... – comente – tengo una teoría. – mis palabras provocaron que me mirara curioso – Estas de peor humos cuando tus ojos son negros, entonces ya se que debo tener cuidado... en cambio, cuando son dorados... como ahora – me detuve un momento y pose mis ojos sobre los suyos. Su mirada era cálida, dorada oscura, pero pude apreciar como lentamente el negro iba ganando terreno – Entonces es más sencillo estar a tu lado. Supuse que es por la falta de hambre.
- Eres muy observadora, demasiado – fruncí el ceño por sus palabras, se suponía que no había ningún secreto entre nosotros, entonces, ¿qué era lo que no deseaba contarme? – Aunque supongo que es lo mejor, te hubieras enterado tarde o temprano. – me contemplo fijamente durante un momento; tuve la impresión de que esperaba algo.
- ¿Qué ocurre? – pregunte.
- Todavía me sorprende, que después de todo lo que sabes, no hayas decidido salir huyendo. – abrí los ojos con sorpresa, ¿cómo podía pensar que yo sería capaz de separarme de él? – Es lo que haría cualquier personal normal – explico – e inteligente – me pareció que recalcaba esa última palabra, así que decidí variar el tema antes de que comenzara de nuevo con sus despedidas.
- ¿Falta mucho? – pregunte de golpe – Estoy deseando conocer a tú familia – tanto como deseando... me daba un poco de miedo... el qué iban a pensar de mi...
Edward me miró fijamente por unos instante, supuse que internamente luchaba sobre si protestar o no por mi cambio de tema. Por suerte pareció decidir olvidarlo, y tras uno instantes en que su risa invadió mi cerebro, habló.
- Apenas quedan cinco minutos. – después de hablar poso sus ojos en mi y me estudió cuidadosamente - ¿Estas cansada? – Un poco, pensé, pero negué con la cabeza.
- Mas bien nerviosa – especifique a media verdad. Pareció creerme, o al menos lo paso por alto.
- No te preocupes – me tranquilizo – están deseando conocerte, les aceras bien.
Sus palabras, lejos de halagarme, abrieron un agujero en mi estomago y una infinidad de posibilidades, todas ellas negativas, desfilaron por mi mente. Sin embargo, cuando se sentí su mano tomar la mía y apretarla fuertemente, cuando sentí sus ojos atrapar los míos y mirarlos con firmeza, cuando sus labios rozaron los míos en una breve pero intensa caricia, todos y cada uno de mis miedos desaparecieron. Él estaba ahí, a mi lado, más de lo que nunca hubiera podido exigir, mas de lo que nunca me hubiera atrevido a soñar, mi perfecto Romeo, a mi lado, ¿qué de malo podía pasar?
Me tranquilice y sonreí ligeramente, y solo entonces él me libero de su mirada y ambos proseguimos el camino. En breves minutos, se detuvo, y aparto las ramas de un árbol para dejarme pasar. Ante mis ojos, y por primera vez en mi vida, la casa de Edward Cullem y su familia, tomo forma para mi.
Debo reconocer que no era para nada como la había esperado. La palabra casa se quedaba corta, podría ser más bien una mansión y me quedaba corta. No obstante no fue el tamaño lo que más me impresiono, sino la calidez y luminosidad de la pintura que recubría sus paredes, las dulces y coloridas flores que rodeaban el pequeño jardín de la entrada, las magnificentes ventanas que otorgaban el paso de la luz hasta el interior. Era una mansión alegre, luminosa, nada que ver con la lúgubre casa de vampiros que me había imaginado, cuando cruce al interior, tampoco hallé los numerosos ataúdes y velas rojas que había imaginado. Era simplemente normal, la mansión de una acaudalada familia de campo, aquella en la que es habitual ver a los pequeñuelos correr por el huerto trasero, a las jovencitas reposar sobre el césped iluminadas por el Sol, a las señoras tomar el te en el jardín, y a los hombres cabalgar libremente por sus alrededores. Sin tumbas, ni ataúdes, ni cruces, ni velas que recordaran que sus habitantes no eran, por completo, humanos.
Edward pareció deleitarse por mi sorpresa, y me dirigió una mirada de superioridad acompañada de una de esas sonrisas torcidas que yo tanto amaba.
- No es cómo lo esperabas, ¿verdad?
- No. – reconocí – Es tan... humano – no había otra palabra para definir la sensación que poseía. Edward rió por mis palabras.
- ¿Te disgusta? – pregunto.
- En absoluto – negué – de echo lo prefiero así, eso demuestra una de mis teorías.
- ¿Unas más? – pregunto ofuscado por mi insistencia pero curioso. - ¿Cuál es esta vez?
- Que digas lo que digas, no eres ningún monstruo – respondí seriamente. No lo era, claro que no lo era, por mucho que el insistiera en serlo, no lo era. Era simplemente... un humano con características especiales.
Supuse por su mirada que el no estaba de acuerdo por completo con mis palabras, y parecía dispuesto a discutir, de no ser porque en ese mismo instante un pequeño ruido en las escaleras lo alerto de que no estábamos solos.
Dirigí mi vista hacía ellas, con el corazón en un puño y unas fuertes palpitaciones advirtiendo de mi nerviosismo.
Dos figuras, que identifique como Carliste y su esposa, se dirigían por ellas. El primero de ellos, de una belleza excepcional, vestía un traje compuesto por unos pantalones negros, aprisionados en la parte bajo por unas botas, una camiseta amarilla, y un chaleco negro. Su esposa, Esme, si recordaba bien el nombre que me había dado Edward, era la mujer más elegante que nunca había visto, mucho más de lo que había pensado la vez que la vi de lejos en la Iglesia, y luego el restaurante. Vestía un refinado pero sencillo vestido verde oscuro, con un recatado escote en cuadro, y algunos encajes en la falda. Sin embargo lo que más me extrañó de ella, fue la dulce expresión de su cara, levemente acorazonada, y el inmenso cariño que resplandeció en sus ojos cuando estos me enfocaron.
- Bella, cielo – me sorprendió que me llamara por mi nombre, los mayores generalmente preferían usar Isabella, pero aun me sorprendió más el apodo afectivo que uso para hablarme – es un placer conocerte al fin.
Tanto como su marido como ella se había acercado hasta detenerse a unos pocos pasos de distancia a nosotros. Supuse que se contenía de estrecharme la mano por miedo a asustarme.
- Así es – centré mi atención en quien hablaba, Carliste – Edward nos ha hablado tanto de ti que es un placer conocerte en persona. – miré a Edward incrédula, pero regrese mi atención a Carliste cuando volvió a hablar – Espero que te sientas cómoda entre nosotros – supuse que sus palabras tenían un doble sentido. Sonreí.
- También yo me alegro mucho de conocer a la familia de Edward – procure no atragantarme con mis palabras, debido a los nervios, pero realmente me sentía cómoda con esas personas. Edward debió notarlo porque sentí como se relajaba a mi lado.
Pareció que iba a decir algo cuando la puerta delantera se abrió de golpe trayendo consigo una riada de aire. De la anda, ante mis ojos, apareció la criatura más extraña que yo había visto hasta entonces.
De echo no es que fuese en si misma una criatura extraña, y tampoco era la primera que la veía, pero desde ese mismo momento, supe que Alice Cullem, no era como las demás.
Vestía lo que parecían ser unos pantalones azul oscuro de hombre, sin embargo no terminaban de serlo por completo, pues el talle de la cintura era el adecuado para una mujer y destacaba las curvas de sus caderas. La tela permanecía pegada a sus muslos y rodillas hasta un poco por debajo de esta, donde sobresalían unas oscuras botas de cuero con algunos adornos plateados. La parte de arriba de su vestimenta la completaba lo que parecía ser un jersey de hilo filo, demasiado femenino para ser de hombre, y con un escote triangulas que dejaba al descubierto el comienzo de sus pechos. Por sus formar y la agilidad con la que se movía, deduje que tampoco llevaba corsé.
La contemple absorta durante unos segundos; jamás en mi vida había imaginado que una mujer pudiera vestir así, y por las caras de horror de Carliste y su esposa, supuse que esa apariencia tan solo la utilizaba en familia, y les asustaba mi posible reacción ante ella.
No obstante, no fue eso lo que más me sorprendió de Alice Cullem, sino que, olvidando toda la prudencia que el resto de su familia mostraba, no dudo en arrojarse a mis brazos y abrazarme con fuerza.
- Bella, no sabes que feliz me hace conocerte, desde que lo vi estuve deseando que llegara este momento – sus palabras, confusas al principio, cobraron sentido al recordar lo que Edward me había dicho de ella y sus visiones. Supuse que ella había visto ese mismo momento desde el momento en que Edward me invitó a su casa y yo acepte, tal vez incluso antes. Finalmente Alice pareció calmarse y me soltó, aun mirándome a los ojos – Espero que seamos grandes amigas, Bella.
Y para sorpresa de todos, sonreí. No tenía ni idea de por qué lo pensaba, lo único que estaba segura era que acabaría siendo amiga de Alice, aunque probablemente eso ella ya lo supiera.
- Me encantaría – respondí sinceramente, a lo que ella rió guiñándome un ojo. No dijo nada más porque en ese momento una figura más entró por la puerta, y otras dos bajaron por las escaleras.
- Jasper – llamó Alice alegremente al que cruzaba la puerta en ese instante – ven a conocer a Bella.
El joven se limito a asentir y con una pequeña sonrisa se acerco a mi y me tendió la mano, sentí una pequeña paz mientras se la estrechaba, y no comprendí porque Edward se tensó a mi lado, hasta que recordé que Jasper era el que peor llevaba el asuntillo de la dieta vegetariana.
- Encantada de conocerte, Bella – saludo formalmente.
- Lo mismo digo – respondí tímidamente.
- Edward – trono una voz desde el bajo de las escaleras – no nos dijiste que nuestra futura cuñadita era tan tímida – giré mi vista a quien hablaba, supuse que era Emmet por su aspecto corpulento y su sentido del humor. Sin embargo, me congele un instante ante la inmensa mirada de hielo que su compañera me dedicaba. Ella debía ser Rosalie, y desde el momento en que la vi no tuve ninguna duda de que me odiaba. – Feliz de conocerte, Bella – la voz de Emmet retrajo de nuevo mi atención hacía él, ahora se había acercado y me tendía su mano, que yo acepte de buen grado, aun apelmazada por la fría mirada de Rosalie.
- Igualmente – respondí, tratando que no me temblara la voz.
- Espero que tu estancia aquí se agradable, y si el tonto de mi hermano te hace alguna de las suyas, no dudes en decírmelo... le daré su merecido – le sonreí por sus palabras, desde luego Emmet era simpático.
- Lo tendré en cuenta – prometí. – pero no creo que sea necesario – me apresure a añadir ante la imponente mirada de Edward – Es todo un caballero – pronuncié sarcásticamente, provocando que todos, menos Rosalie sonrieran, y que Emmet estallara en carcajadas.
- Vamos Bella, no es necesario que mientas por él – se burló Alice – todos conocemos sus grande dotes de... caballero
Nuevas risas siguieron a su comentario, y yo me habría encontrado perfectamente a gusto entre ellos de no ser por el escalofrío que recorría mi espalda cada vez que miraba a Rosalie. Tratando de huir de su mirada, recorrí la sala detenidamente, hasta detenerme en un piano de cola que lucía en un rincón.
- ¿Tocáis el piano? – pregunte curiosa.
- Solo Edward lo hace – respondió Esme – no me digas que note ha hablado de su gran afición por la música. – Yo mire a Edward acusatoriamente, respondiendo así a la pregunta. Él se encogió de hombros – Desde siempre le gusto escuchar música, y es un gran compositor de piano, ¿por qué no tocas algo a Bella, Edward? – por la expresión del aludido supuse que no tenía precisamente muchas ganas de hacerlo, pero y insistí.
- Por favor, me encantaría escucharte tocar – suplique con los ojos más tierno que fui capaz de crear.
- Si tu quieres – respondió resignado – no se hablar más – y sonrió.
Para mis sorpresa me condujo hasta el piano y me acomodo en el banquillo, a su lado. Inmediatamente comenzó a tocar una música que yo nunca había escuchado, pero sin duda hermosa, propia de Bhettowen, o Vivaldi ...
- Es hermosa... – susurré, recostándome en su hombro, al darme cuenta de que todos los demás miembros de la familia se habían retirado para darnos intimidad. Apenas lo creí posible.
- ¿Te gusta? – asentí – la compuse yo, para Esme. – Lo miré asombrada, y de pronto un extraño nudo se formo en mi estomago, ¿acaso había algo que fuera incapaz de hacer? ¿cómo podía un ser tan perfecto estar enamorado de mi?
De pronto la música giró, a otra más rápida, apasionada, pero con un toque de tristeza y melancolía.
- Esta – señaló – la compuse pensando en ti.
- Es preciosa – susurré, tratando de embriagarme con su sonido, no podía crear que Edward hubiera compuesto esas canción pensando en mi.
Tardé bastante tiempo en darme cuenta que esa era la misma canción que Edward tatareaba la noche pasada, mientras me mecía en mi cama, esperando que me durmiera. Cuando lo comprendí, mis sentidos se hallaban embriagados por el sonido de la música y el fragante aroma que Edward desprendía. Mis ojos se cerraban lentamente y lo último que pensé, es que quería pasar el resto e mi vida a su lado, pasara lo que pasase, costara lo que costase. Aquel, sin luchar a dudas, era el amor de mi vida.

1 comentario:

  1. Ya Bella conoce a su nueva familia y estoy anciosa por saber como le dira a Charley de Edward y como serán ahora las cosas, te agradezco por publicar los capitulos me los lei todos sin descansar, me encantan cada vez más Gracias y quedo atenta a tus nuevas publicaciones!!!!

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